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Plaza Horno,
s/n - C.P. 44557 - Tel/Fax: 978 84 91 96 |
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Ya hace mucho tiempo que se dejó de hacer pan en el pueblo, allá por finales de los 60, no sé exactamente el año, pues era un trabajo duro y sacrificado.
Las mujeres debían levantarse a las cuatro de la mañana para preparar la masa con la levadura, paso previo a su fermentación, luego la amasaban con la harina y el agua en casa y debían llevarla al horno antes que los hombres se fueran a la mina. La masa se envolvía en un masero y se depositaba en una canasta, que pesaba una barbaridad, luego se depositaba sobre un baluarte, y se llevaba al horno, donde había más calor, fermentaba y subía antes la masa. Allí en el tablero se iba cortando (adelgazando, en el argot popular) la masa con la rasera, para amasar bien los panes, se cocían cinco masadas en el horno, es decir unos trescientos panes y cada familia tenía su forma de identificarlos, con un moño o moñete o con una buena tajo o raja en el pan con la rasera, o con un pizco, pues en la coción igual entraban dos o tres familias según fuera la demanda para el día, había que aprovechar al máximo el espacio y la energía caloríca del horno.
Se empezaba a cocer a las 8 de la mañana. Se solía hacer una masada cada quince días de unos sesenta panes, pues normalmente las familias eran bastante numerosas y se consumía mucho pan.
El método de preparación de la levadura era natural y luego de hecha las mujeres la compartían, pasándoselas de unas a otras.
Que bueno que era aquel pan, nada que ver con el industrial de ahora, que todo es química. Recuerdo el olor tan agradable que desprendía cuando pasábamos por la plaza del horno para ir a la escuela.
También se hacían magdalenas, tortas de azúcar y bollicos de alma para las fiestas, con cabello de angel preparado en casa con la pulpa de la calabaza y miel.
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El trabajo del hornero era abastecer de leña el horno y hacer la cocción del pan. El horno, según nos han comentado, lo cargaban de leña al anochecer (con dos cargas) y se le prendía fuego principalmente a la leña de carrasca, para que se quemara e hiciera una buena brasada que durara todo el día.
Cerraban el horno con una masa de ceniza para que no se escapara nada de calor. Antes de empezar la cocción debía poner las brasas en un rincón mediante un rastrillo de hierro y escobar el suelo del horno, para que estuviera limpio, pues allí se depositaba la masa.
También se debía disponer de un buen suministro de aliagas, que se echaban a última hora al horno para comprobar que la hornada estuviera lista y cocida. Se disponía de una pala, con un mango o empuñadura larguísimo para llegar hasta el fondo del horno y recoger los panes o las llandas de pastas.
Al hornero se le pagaba en especie, es decir en panes, de treinta panes se apartaba uno para el hornero (esto se llamaba "la poya" del hornero). Una vez hecha la cocción se debía limpiar bien el horno de ceniza con una especie de rastrillo de hierro, escobarlo y dejarlo listo para el día siguiente.
Sobre el final de nuestras últimas fiestas patronales tuve la grata oportunidad de entrevistar al antiguo carpintero de nuestro pueblo, Don Manuel Prats Sancho (Crivillén 28/12/1928). Aprovechando la ocasión de su breve visita a Crivillén, dado que vive en Barcelona, nos reunimos en un rincón de su espaciosa y laberíntica casa-taller y hablamos sobre su profesión y el Crivillén de antes. Nos acompañó su esposa y pintora, Carmen Ortín Sastre, que amenizó la entrevista con anécdotas, sobre todo referidas al ámbito educativo de un Crivillén que llegó a contar con escuela separada para chicos (donde hoy se encuentra el bar) y chicas (donde hoy está emplazado el Ayuntamiento). El grupo de chicas ascendía a más de ochenta alumnas (era algo mayor que el de chicos) y los maestros que impartían clase eran un matrimonio formado por Don Miguel y Doña Julia, que tenían cuatro hijos y vivían aquí, en el pueblo. Muchas veces Doña Julia pedía a una alumna que se encargara de la clase mientras ella iba a atender a su prole, sin lugar a dudas, "eran otros tiempos".
A continuación la entrevista con Don Manuel.
Pregunta- ¿La profesión de carpintero la ejerció usted por primera vez o es herencia familiar?
Respuesta- Si, eramos todos carpinteros, como eran carpinteros ellos lo teníamos que ser nosotros, somos carpinteros desde San José (risas).
P- ¿Durante cuántos años ejerció la profesión?
R- Toda una vida, con catorce años me marché a Zaragoza y allí aprendí el oficio de carpintero. Ya siendo carpintero hice la mili y me volví a Crivillén, con veintidós años. Trabajé aquí doce años, hasta los treinta y cuatro.
P- ¿Trabajaba usted solo?
R- No, lo hacía con mi padre, fabricábamos puertas, cajas de muertos (risas), ventanas...
P- ¿Cómo era Crivillén en aquella época?
R- Había más gente, eramos como unos ochocientos y había mucho animal de tiro, caballos...
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Carmen y Manuel y la casa de ambos en Crivillén. |
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P- ¿De dónde obtenían la materia prima, la madera?
R- De Alcañiz.
P- ¿Que tipo de muebles y herramientas eran las más solicitadas?
R- Aquí, en el pueblo, fabricábamos puertas, ventanas, mesas, alcobas para recién casados. También trabajé para una empresa de muebles de Alcorisa, para la que hacía armarios. Mucha gente de aquí, pensando que los armarios eran de mejor calidad por ser de Alcorisa (allí les decían que estaban hechos en Valencia), los iban a comprar allí sin saber que era yo el que los hacía (risas).
P- ¿Cuanto duraba la jornada de trabajo?
R- De sol a sol. Me levantaba por la mañana, paraba de trabajar sobre las cinco de la tarde para ir al huerto y luego volvía a trabajar hasta la noche.
P- ¿Cómo cambió su trabajo la aparición de herramientas eléctricas?
R- Ya a los veintidós años compré una máquina "Universal", que sirve para todo, esto ayudó para agilizar el trabajo.
P- Me comentaba su hijo que solía trabajar más por la noche dado que la potencia eléctrica del pueblo era escasa y sus herramientas consumían bastante.
R- Si, hasta las doce de la noche no podía encender las máquinas, así y todo se notaba un "bajón" en el pueblo. Sólo se permitían dos lamparillas de 25W por casa, nosotros teníamos tienda y teníamos una conmutada con la cocina (agrega Carmen).
P- ¿Conmutada?
R- Si, se encendía media bombilla, se repartía la energía con otra bombilla.
P- ¿Habían más carpinteros en Crivillén?
R- No, yo era el único, si hasta trabajaba para Alcorisa.
P- ¿Que es lo que más le gustaba de su profesión?
R- Todo.
P- ¿Y lo que menos?
R- No lo sé (risas)...¡¡las cajas de muertos!! (agrega Carmen).
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En primera instancia Crivillén según Carmen, a la derecha otro óleo hecho por encargo y que retrata el día de su boda con Manuel. |
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P- ¿Cual era la herramienta con la cual usted se sentía más cómodo a la hora de trabajar?
R- Con la máquina "Universal", que servía para todo, serrar, cepillar...cuando compramos esa máquina, en Zaragoza, me la traje aquí y por la noche hice una puerta y mi padre cuando se levantó por la mañana y vio la puerta hecha, a todo el mundo que venía le decía "¡¡Ayer esto eran tablas y hoy fíjate, mira!!
P- Aparte de la carpintería para uso doméstico, ¿se dedicaba a trabajar la madera para otros usos, como el eclesiástico, por ejemplo?
R- No, trabajaba en objetos de uso doméstico
P- Esta es una pregunta un tanto morbosa, ¿tenía los ataúdes ya hechos o los hacía cuando un vecino fallecía?
R- No (risas), cuando morían yo iba adonde velaban al muerto (generalmente su casa) y le tomaba las medidas. Yo llegaba y era como si entrara el cura. Es "el carpintero" murmuraban (risas). Recuerdo que desde la habitación en donde estaba el muerto, por las escaleras y hasta la entrada de la casa estaba lleno de mujeres, parecían bultos negros, yo pasaba entre todas esas mujeres con pañuelos en la cabeza, tomaba las medidas y luego volvía a casa a fabricar el ataúd, lo hacía con madera de pino que luego se forraba con aquellos sayos, antiguas faldas que llevaban las mujeres, generalmente de color negro o pardo.
P- ¿Qué tipos de madera eran los más utilizados?
R- Pino en el caso de los ataúdes y haya, en el caso de los muebles.
P- Esta pregunta creo que ya está respondida, ¿trabajaba usted en el ámbito local o también recibía encargos de otros pueblos?
R- Si, como ya dije trabajaba para Alcorisa aunque también hice encargos para Estercuel, La Mata...
P- ¿Alguno de sus hijos a continuado la tradición familiar?
R- Si, mi hijo Manuel también es carpintero
P- Si pudiera elegir su destino, ¿volvería a ser carpintero?
R- Pues si.
P- Para terminar, ¿alguna anécdota interesante para compartir?
R- Bueno, me casé con mi novia la estanquera (risas, hace referencia a Carmen, natural de Crivillén y su esposa de toda la vida), tuvimos dos hijos aquí (Manuel es el primogénito) y luego nos marchamos a Barcelona, porque allí habían más oportunidades y mucho trabajo entonces. Estuve trabajando cinco o seis años en dos carpinterías diferentes y luego me establecí por mi cuenta. Cuando yo me fui de Crivillén el oficio se perdió, quedó solo mi padre, que hacía pequeñas cosas.
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Algunas de las herramientas que Manuel utilizó como carpintero y están hoy en su taller. |
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Finalizando la entrevista Carmen agrega que "también hacía instrumentos de labranza para las dos caballerías que existían en Crivillén, hacía timones de arado, cosas así, ponerle mangos a las azadas, utilizaba mucha madera de nogal para las estevas (instrumento de labranza)".
Una vez terminadas las preguntas fuimos con Manuel y Carmen al taller de carpintería ubicado en la planta baja de la casa y allí pude fotografiar varias herramientas, luego salimos fuera y nos quedamos un rato charlando, a la sombra, pues el sol veraniego de media tarde "picaba" un poco. Nos despedimos afectuosamente, ellos contentos por ser entrevistados, supongo, y yo satisfecho por haber tenido un testimonio de "primera mano" de una persona que ejerció un importante oficio ya hoy perdido en nuestro pueblo.
(Entrevista realizada por Claudio Barragán Sacco en agosto de 2010)
Estos son algunos, no todos, de los motes, apodos y sobrenombres que (a veces con algo de crueldad) recibieron antiguos y actuales crivillenses, hay un total de cien, a casi apodo por habitante actual de nuestro pueblo, pues entonces, ¡hala!, sin más preámbulos, ¡a disfrutar!

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