Entre los oficios de antaño podemos citar algunos, tales como: Alguacil, Alfarero, Balsero, Bolillera, Bordadora, Boteros, Buscador de aguas, Carpintero, Cocinera, Cofrade, Colmenero, Cosechero, Dallero, Encalador, Encordador de sillas, Esquilador, Herrero, Jabonero, Hocero, Hojalatero, Hornero, Labrador, Lavandera, Minero, Molinero, Pastor, Patrona, Picador, Picador de dalla, Plantadora de pinos, Pocero, Pregonero, Regador, Sastre, Tañedor, Tejeros, Tocador de armonio, Tratante de animales de carga y Vinatero.

 

Antiguos útiles de labranza

 

El material aquí ofrecido ha sido recopilado por Pascual Ortín Lecina (POL) y publicado en su blog.

 

Fuente: http://crivillenense.blogspot.com/

 

Herrero

Un herrero es una persona que elabora objetos de hierro o acero, utilizando para ello herramientas manuales para martillar, doblar, modelar o cualquier acción tendiente a dar forma al metal cuando éste se encuentra en estado rusciente. Generalmente el metal es calentado hasta que se vuelve incandescente, y posteriormente se somete al proceso de forjado mediante la fragua, el yunque, la forja y el martillo.

Uno de las tareas especiales del herrero de nuestro pueblo consistía en clavar o poner herraduras en las pezuñas de los caballos, todo un arte de buen hacer y bastante arriesgado si la caballería era un poco guita, que de todo había, entonces había que inmovilizar al animal con una buena soga para que no diera coces. Para tales menesteres existía un "potro de herrar", hecho de gruesos maderos fuertes abrazaderas de metal, en los almudines, a la entrada del actual Ayuntamiento.

Primero preparaba la herradura y los clavos en la fragua mediante la forja, calentando el hierro a altas temperaturas en el fogón hasta que este se tornaba incasdescente y luego en el yunque le daba la forma apropiada mediante el martillo, con un sonido muy especial, golpeando una vez la pieza y la siguiente al yunque para quitar la capa de óxido que se deposita sobre la superficie del metal durante el calentamiento.

Segundo preparaba la pezuña del animal o caballería con las tenazas y una especie de escoplo para que la herradura se asentara perfectamente en la pezuña.

Después debía de poner la herradura en la pezuña del animal y sujetarla con seis u ocho clavos para fijarla bien, se tenía que tratar que durara el mayor tiempo posible hasta que se cayera o perdiera por los caminos que transitaban las caballerías.

Además el herrero se encargaba de fabricar clavos, cuñas para astillar la leña, sietes, puntas, bisagras y demás utensillos que eran de uso diario en aquellos tiempos.

Yo sólo he conocido una herrería, la de la calle que lleva dicho nombre. Aún recuerdo la fragua en el patio, siempre ardiendo, y el fuelle para soplar y avivar las brasas del carbón. Cuando herraban los machos en la plaza del horno se les ataba con una anilla de la pared, donde está ahora el parque, era todo un espectáculo ver trabajar a César el herrero, ayudado por el dueño del animal. Los animales normalmente estaban muy tranquilos, a mí particularmente me entusiasmaba verlo siempre que podía.

fragua del herrero
Forja de herradura

 

Hacer el pan en el horno de Crivillén

Ya hace mucho tiempo que se dejó de hacer pan en el pueblo, allá por finales de los 60, no sé exactamente el año, pues era un trabajo duro y sacrificado.

Las mujeres debían levantarse a las cuatro de la mañana para preparar la masa con la levadura, paso previo a su fermentación, luego la amasaban con la harina y el agua en casa y debían llevarla al horno antes que los hombres se fueran a la mina. La masa se envolvía en un masero y se depositaba en una canasta, que pesaba una barbaridad, luego se depositaba sobre un baluarte, y se llevaba al horno, donde había más calor, fermentaba y subía antes la masa. Allí en el tablero se iba cortando (adelgazando, en el argot popular) la masa con la rasera, para amasar bien los panes, se cocían cinco masadas en el horno, es decir unos trescientos panes y cada familia tenía su forma de identificarlos, con un moño o moñete o con una buena tajo o raja en el pan con la rasera, o con un pizco, pues en la coción igual entraban dos o tres familias según fuera la demanda para el día, había que aprovechar al máximo el espacio y la energía caloríca del horno.

Se empezaba a cocer a las 8 de la mañana. Se solía hacer una masada cada quince días de unos sesenta panes, pues normalmente las familias eran bastante numerosas y se consumía mucho pan.

El método de preparación de la levadura era natural y luego de hecha las mujeres la compartían, pasándoselas de unas a otras.

Que bueno que era aquel pan, nada que ver con el industrial de ahora, que todo es química. Recuerdo el olor tan agradable que desprendía cuando pasábamos por la plaza del horno para ir a la escuela.

También se hacían magdalenas, tortas de azúcar y bollicos de alma para las fiestas, con cabello de angel preparado en casa con la pulpa de la calabaza y miel.

panecillos al horno
Panecillos cociéndose

 

Hornero

El trabajo del hornero era abastecer de leña el horno y hacer la cocción del pan. El horno, según nos han comentado, lo cargaban de leña al anochecer (con dos cargas) y se le prendía fuego principalmente a la leña de carrasca, para que se quemara e hiciera una buena brasada que durara todo el día.

Cerraban el horno con una masa de ceniza para que no se escapara nada de calor. Antes de empezar la cocción debía poner las brasas en un rincón mediante un rastrillo de hierro y escobar el suelo del horno, para que estuviera limpio, pues allí se depositaba la masa.

También se debía disponer de un buen suministro de aliagas, que se echaban a última hora al horno para comprobar que la hornada estuviera lista y cocida. Se disponía de una pala, con un mango o empuñadura larguísimo para llegar hasta el fondo del horno y recoger los panes o las llandas de pastas.

Al hornero se le pagaba en especie, es decir en panes, de treinta panes se apartaba uno para el hornero (esto se llamaba "la poya" del hornero). Una vez hecha la cocción se debía limpiar bien el horno de ceniza con una especie de rastrillo de hierro, escobarlo y dejarlo listo para el día siguiente.

 

 

 

Estos son algunos, no todos, de los motes, apodos y sobrenombres que (a veces con algo de crueldad) recibieron antiguos y actuales crivillenses, hay un total de cien, a casi apodo por habitante actual de nuestro pueblo, pues entonces, ¡hala!, sin más preámbulos, ¡a disfrutar!